Érase una vez en la zona pelágica, en aguas templadas y tropicales, habitaba un ser distinto a todos los demás. Suele pasearse por el sur de Sudáfrica, y la costa este de Australia y Mozambique.
Es un ser pequeñito, yo no había visto jamás una belleza similar. Suele medir de 5 a o 8 cm de largo. Es de color azul plateado y azul pálido, con rayas azules oscuras y negras. De su cuerpo salen 6 apéndices con 6 rayos, y aunque es pequeñito tiene unos dientes afilados como espadas.
Allí estaba yo, sola, en la playa. Fui la noche anterior para evitar pensar en el otro ser que había perdido, dejar que los recuerdos se los llevara la marea o fueran enterrados junto con cada granito de arena. Aparte de arena también había piedras preciosas, que la luna hacía que brillaran con más intensidad. Quería sumergirme entre ellas y perderme en medio de ese mundo marino. Quería encontrar las Urim y Tumim que no había encontrado la vez anterior con él. Después de una larga noche sola, observando las estrellas, el mar en calma y los brillantes a mi pies, empezó a amanecer.Y gracias a los primeros rayos del sol pude contemplar en la arena a esta maravilla que mis ojos no habían tenido la suerte de presenciar antes. Ella es Glaucus Atlanticus.
De la familia de los Glaudicae de toda la vida y la superfamilia de Aeolidioidea. Del reino Animalia y superreino de Eukaryota. “No me pises” escuche una vocecita que venía de Glaucus. Debo haberme quedado dormida con el sonido de las olas, porque esto no puede ser cierto.”No me comas” volvió a sonar desde ese ser que tenía junto a mis pies. Me agaché, le miré, no daba crédito, debo estar en una película de dibujos animados para niños. Intenté cogerla pero me dijo “Cuidado que soy venenosa, soy una babosa marina depredadora de organismos mayores que yo. Me gusta mucho alimentarme de la Carabela Portuguesa , y dado que almaceno el veneno puedo producir uno más potente que el de ella”. Al oír eso me aparté, se me vino a la cabeza la frase de “Pequeño pero matón” pero la preciosa vocecita me dijo “no tengas miedo, aunque a veces puedo ser canibal no te haré daño, puedes cogerme”.
La cogí entre mis manos temblorosas y estuve un buen rato observándola, como si fuera un tesoro. Esto era casi mucho mejor que las hermanas Urim y Tumim. ¡Pero que preciosidad, que maravilla! ¡Yo quiero una! Y tiene unos colores tan bonitos. Le di la vuelta para verla por todos lados, la superficie dorsal era de un color gris plateado y estando la pobre boca abajo me dijo “En el agua suelo flotar así, mis colores sirven de camuflaje y me ayuda a defenderme de los depredadores por todos lados”. Le di la vuelta de nuevo y la puse mirando hacía mí, seguí observándola durante un buen rato, ella también me miraba a mi. Le pregunté si habían muchos de su especie, si eran todos iguales y si tenía amigos. Me dijo que sí, que uno de sus amigos también vivía por esta playa y que estaría por ahí perdido entre la arena, es un poco vago y gordito pero es gracioso.
Cómo me gustaría tener una, ella parece que me escuchó pensar y me dijo “no,no nos raptes, somos felices aquí si quieres puedes ser nuestra amiga y navegar con nosotros”. Creo que no había en el mundo algo que me apeteciera más, le dije que sí, que quiero ser uno más de ellos. Quiero dejar de ser humana y pensar y pensar en el amor y esas cosas de humanos, cosas que ni la marea había conseguido llevarse y que probablemente nunca lo haga. “Soy hermafrodita, como la mayoría de babosas marinas”. No estaba mal: sí, quiero.
De repente noté gotitas en mi cuerpo, noté cosquillitas. Empecé a moverme como si tuviera unas manos en mis costados haciéndome cosquillas y yo moviéndome locamente como suele pasar. Mis ojos no veían nada, solo veían azul, azul, azul, rayos azules por todas partes, brillantes, casi cegándome. Mientras yo seguía retorciéndome y sintiendo escalofríos y cosquillas, no podía dejar de reír y sentir. A los pocos segundos, con los ojos aún cerrados, oí dos vocecitas que reían y conversaban entre ellas, poco a poco fui abriendo los ojitos como si de un cachorrillo se tratara. Pude ver a la dos babositas junto a mí, mirándome y riéndose. Sí, me había convertido en una Glaucus Atlanticus.














