Como cada día, estaba a mi lado. Parece el típico perro de película, aquel que se ve como el mejor amigo del hombre, que es super inteligente y que entiende a su dueño como si fuera un humano. Yo tengo ese perro y anoche me pasó algo, a mi juicio, asombroso.
Mi perro blanco como una nube, como un ángel, como el algodón, estaba durmiendo en mi habitación. Yo me senté un ratito a tocar el piano, nada serio, sólo tontear como siempre. Nada más empezar, le miro, y veo que levanta su cabeza y me mira. Le sonrío mientras seguía tocando, y solo con esa sonrisa la criatura se levanta y viene hacia mí. Dejo de tocar y pongo alguna canción bonita mientras el perro se acerca, quiere mimos. Se sube en mis piernas, levanta su cabecita y me mira a los ojos.
Parece que él también sabía lo que yo necesitaba en ese momento. Quizá necesitaba algo que ni yo misma sabía. Nos quedamos un buen rato mirándonos a los ojos, comos si ambos estuviéramos intentando entrar en la mente del otro para saber qué piensa. No es necesario que hablemos el mismo idioma, ni siquiera es necesario que sea humano, le entiendo y me entiende.
La música seguía sonando de fondo y yo acariciándole con muchísima dulzura mientras nos mirábamos aún, él lo agradecía. Sentía poco a poco mi visión borrosa, se me llenaron los ojos de lágrimas sin apenas darme cuenta. No pude evitarlo. Es una sensación inexplicable, por mucho que intente explicarlo aquí nadie me entenderá. Nadie podría hacerse una idea de lo que sentí al menos que tenga a una criatura tan bella a su lado. Lloraba por la belleza, por la creación, por la naturaleza, porque estaba teniendo un momento precioso con música y un animal que me adora. En ese momento éramos amigos, nos entendíamos con la mirada, estábamos a gusto disfrutando de ese momento. En el momento menos esperado, fue como si el mundo se parara para ambos, para recordarnos que somos amiguetes, que nos tenemos, que si el otro desapareciera lo pasaríamos realmente mal. Fue nuestro minuto, minuto de recordar y admirar al otro. Y una vez más me doy cuenta que no podría vivir sin él, sin mis perros, que preferiría vivir sin muchas personas pero que jamás me quiten a mis perros y a esta maravilla de la creación. Para muchos sonará duro, lo siento, prefiero a mis perros que a muchos humanos.
La música terminó, el perro bajó de mis piernas y se fue, no sin antes volver la cabeza para echarme un último vistazo.